Confesiones

Tengo que hacer una confesión.

Confieso que una mañana de mediados de septiembre de 1987 —tenía yo veinte años—, tomé un tren en Parma, hice conexión en Bolonia con otro que iba hacia Venecia y bajé en la estación de Ferrara. ¿Por qué fui allí, por qué pasé un día deambulando solo por la vieja ciudad provinciana, recorriendo arriba y abajo Corso Ercole I d’Este, “ampio; dritto come una spada dal castello alle mura degli Angeli; fiancheggiato per quanto è lungo da brune moli di dimore gentilizie”? Fui buscando a Micòl, claro, a Micòl Finzi-Contini: unos meses antes, había quedado subyugado por la magistral novela de Giorgio Bassani.

Debo hacer más confesiones.

Casa de Emily Dickinson en Amherst. (Foto de Emily Barney: https://bit.ly/3op3AUJ).

Hace cuatro años alargué un viaje de trabajo a Boston para conocer Amherst, la pequeña localidad de Massachusetts en la que nació, vivió y murió Emily Dickinson. Tras registrarme en una posada ubicada en el precioso caserón victoriano que quedaba justo enfrente de la casa natal de la escritora, y como ya era tarde para la visita, me dirigí al pequeño cementerio del centro de la ciudad. ¿Cuántas velas, flores, fotos, trozos de papel con mensajes y versos escritos a mano, encontré encima de la sencilla lápida vertical, y en torno a ella? La visita a la casa, a la mañana siguiente, fue aún más emocionante. Al guía, un hombre mayor, voluntario del museo, y a la pareja con la que escuché sus explicaciones, les maravilló mi devoción por la poeta. Y cuando entramos en su dormitorio, en la habitación en la que escribió tantas cartas y poemas…, se hizo de repente el silencio.

¿De dónde viene esta fantasía, la de querer sentirnos más cerca de nuestros escritores favoritos visitando los sitios en los que vivieron, o de los que hablaron en sus libros? Ellos no están allí, lo sabemos. Y sin embargo…

Sin embargo —aquí viene mi tercera confesión—,  me sigue ilusionando volver a Sevilla por el solo hecho de que, queriéndolo o sin querer, puede uno pasar por la calle Acetres y encontrar la casa donde nació Cernuda, o por la del Aire, en la que vivió más tarde. También porque me resulta imposible callejear por esa ciudad sin acordarme de lo que escribió Juan Ramón Jiménez: “Hay por Sevilla un jirón de niebla que el sol más claro no acierta a disipar. Se va de un lado a otro, pero nunca se quita; algo así como esas estrellas que ven ante sí los ojos confusos. Es Bécquer. ¿Es Bécquer? ¡Es Bécquer!”.

Qué vergüenza, hacer ciertas confesiones…

Edimburgo

Confesar, por ejemplo, que yo amaba Edimburgo mucho antes de conocerla, porque allí nació y vivió muchos años mi adorado Robert Louis Stevenson. (¿Hay algún escritor que haya procurado más felicidad a más personas?). Confesar también que, en mis dos visitas, además de comprar libros del maestro, repetí el mismo itinerario. Fui a 17 Heriot Row, frente a Queen Street Gardens, a la casa en la que creció; me demoré frente las vitrinas del Writers’ Museum, en Old Town, extasiado ante las fotos, las cartas, los libros y algunos de sus objetos personales (el anillo de Tusitala, unas botas de montar…); y pasé devotamente un largo rato bajo la lluvia, en los jardines de Princess Street, ante el discreto monumento que reza solo, con sencillez conmovedora: A MAN OF LETTERS / R·L·S / 1850-1894.

He cogido carrerilla, no voy ahora a parar. Así son, a veces, las confesiones.

¿No es verdad que si fui a Vélez-Málaga el año pasado, lo hice solo para visitar la sede de la Fundación María Zambrano? Bueno, también para pasear después por la ciudad, diciéndome que el azul de ese cielo y la claridad de esa luz se le debieron de quedar a una niña en la pupila…

¿Ante quién he ido a inclinarme cada vez que he vuelto a Dublín? Ante Oscar Wilde: busco la estatua que le rinde homenaje en una de las esquinas del parque de Merrion Square, justo enfrente de la casa en que nació, y le doy las gracias fervorosamente.

¿Por qué me gustó tanto ir a la cantina La Fuente, en Guadalajara, Jalisco (era noviembre del año 2000)? Porque sabía que, entre otros escritores, la frecuentaba el gran Juan Rulfo, y me lo imaginé allí, en un rincón, con su mirada triste, hablando poco y en voz baja.

Se van acumulando las confesiones. ¿Confesiones abochornantes? Y es que, ya que no podemos conocerlos, buscamos sentirnos más cerca de nuestros autores predilectos, hacerles algo de compañía en justa correspondencia de la muy buena que ellos nos dieron.

Por eso ha llegado el momento de confesar que siempre que estoy en Segovia, visito la humilde habitación en la que vivió Machado unos años, en aquella pensión. Estar allí unos minutos, me digo, proporciona más lecciones literarias, y de vida, que muchas otras experiencias supuestamente más enjundiosas. Me quedo de pie, en silencio, unos segundos, y recuerdo lo que le respondió don Antonio a su patrona cuando esta le preguntó por qué dormía con la ventana abierta en pleno invierno: «Para que salga el frío, señora, para que salga el frío».

Paniceiros

Es cierto que con la edad se ha ido atemperando mi fetichismo literario, pero también es cierto que este verano —puestos a confesar, confesémoslo todo— hice una excursión… al centro del mundo. Es decir, a Paniceiros. (Me guiaban en la niebla mi buen amigo Carlos y la prosa hermosísima de Xuan Bello).

Como es cierto que el 26 de septiembre de 2017, en París, cuando me dirigía de buena mañana al Hôtel de Massa, me embargó una emoción muy intensa al descubrir en el número 2 de la rue Cassini la placa que recuerda que allí vivió ni más ni menos que Alain-Fournier, ¡el autor de El gran Meaulnes! (¿Cuánto tiempo estuve parado, mirando hacia arriba, palpitándome el pecho?).

Y no es menos cierto que aún albergo la fantasía de pasar unos días de otoño en Mondoñedo, leyendo a Cunqueiro, bebiendo buen vino y dando largos paseos.

Siempre había pensado que yo no era un fetichista literario como otras personas de las que había leído u oído hablar, pero viendo la lista que me ha ido saliendo, no estoy ya tan seguro.

Lo confieso.

2 comentarios en “Confesiones”

  1. No conocía tu blog. Me ha parecido fascinante tu itinerario visitando los lugares donde vivieron y escribieron (y también murieron) tus escritores favoritos. Envidio sobre todo tu visita a Amherst.
    Besos

    Le gusta a 1 persona

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