Suplemento a la «Galería de bibliotecarios arrepentidos»

En 2008, la Sala Hipóstila de la Biblioteca Nacional de España acogió la exposición “Sic vos non vobis”, que recorría la historia del dizque venerable Cuerpo Facultativo de Archiveros, Bibliotecarios y Arqueólogos del Estado en el centésimo quincuagésimo aniversario de su creación. Jose María Moreno (v. infra) compiló entonces una Galería de bibliotecarios arrepentidos que difundió como “apéndice no autorizado” al catálogo de la muestra. En tan ridículo opúsculo, tuvo el autor la desfachatez de no incluirme. Para subsanar ese y otros “olvidos” del inolvidable JMM, he dado en elaborar el presente suplemento a su incompleta galería.

Absenta, Xuxo
Moderno embaucador
Durante algunos años, hizo y deshizo a su antojo en algunas de las más señeras bibliotecas del país, sin que nadie le pusiera freno. (Bueno, salvo Gutiérrez: v. infra).

Balboa Cerezales, Azucena
Clasificadora de sueños
Nadie que conociera en su día a Balboa Cerezales, Azucena ha podido olvidarla. Y hay quienes todavía sueñan con ella. ¿Por sus ojos tan verdes, por su voz muy oscura? Bien pudiera ser. Pero no: si aún la recuerdan sus compañeras en la biblioteca de la universidad de aquella capital de provincia…, es en realidad por su extraordinario dominio de las tablas sistemáticas de la Clasificación Decimal Universal, y de manera muy particular, del número 159, bajo el que (¿absurdamente?) un buen día quedaron encapsulados los saberes psicológicos. Y como ella, en sus años universitarios, había leído —y muy bien— a Jung y a Satir, a Klein y a Watzlawick, a Maslow y a Lacan, luego no había quien le discutiera una notación. ¿Por qué se arrepintió? Como con los sueños, hay interpretaciones para todos los gustos.

Colden Miquis, Víctor
Persistente prosista
¿Torpe seudónimo de un tal Emiliano Torozón Vélez? Si así fuera, podría ser cierto su parentesco con Vélez Temprana (v. infra), aunque, aduciendo pruebas un sí es no es dudosas, hay quienes se inclinan por variantes tales como Vespasiano Culebrón o Celemino Calderón, los que dudan entre Victorino Chilindrón y Eufimiano Julandrón, y hasta quienes proponen un atrevido —y acaso no del todo infundado— Vitaliano Bustrofedón. En cuanto pudo, se quitó de las bibliotecas para medrar (más o menos) entre las fuerzas del mal, por lo que será preciso poner en solfa sus encendidas protestas de, en el fondo, seguir sintiéndose bibliotecario. Sí parece probada su persistencia en el ejercicio de la prosa, sobre todo la de carácter evagatorio. Dato curioso: llevaba absurdamente a gala haber sido mencionado en un par de novelas de Galdós.

Coloma Aramburo, José María
Hombre bueno
(Nadie está solo en realidad, solo los muertos: ya lo dijo Bergamín. Qué solo te has quedado, Pepe. ¿Más solo aún que antes?). Pepe Coloma o la generosidad. Pepe Coloma o la afición a los libros sobre bandoleros andaluces. Pepe Coloma, agorafóbico y fumador, o la pasión por San Roque y el amor por la historia y la lectura. Pepe Coloma o el auténtico significado de la palabra amistad y el placer de la conversación. (Quienes conocimos tu sonrisa, y tu forma de reírte, no podremos ya olvidarlas).

Díaz Salmerón, Nieves
Vitalista reidora
Firme practicante del arte aconsejable de no tomarse nunca nada demasiado en serio, lo ejercitó con intachable profesionalidad, además de gran simpatía y sentido del humor. Combinado todo lo cual, conseguía el efecto inmediato de que trabajar a su lado, en áridas jornadas oficinescas vagamente relacionadas con los libros, fuera siempre grato. Se arrepintió, al menos por fuera, y ascendió por otro escalafón.

González Pesquera, Ignacio
Criatura galdosiana
En su vida, y en sus ojos de agua transparente, había un misterio y había un temblor. Todo el mundo le quería. ¿Porque era tímido e inofensivo, y no tenía ambiciones? En la clara superficie de sus días sencillos, destacaba alguna extravagancia mínima. Cosas que hacía o decía a veces y que podían parecer extrañas. Vivía con su madre en un humilde piso, antiguo y oscuro, a espaldas de las Comendadoras, donde se percibía… algo misterioso, como un temblor muy galdosiano. ¿Arrepentido? No: dimitió de la vida muy en silencio, fue apagándose el agua clara de sus ojos.

Gradillas, Lourdes
Delicada bibliógrafa
Entre sus muchos méritos personales y profesionales (que incluían los de ser experta catadora de vinos blancos, haber compilado una puntillosa guía bibliográfica de Recursos cervantinos en bibliotecas de Cantabria y pronunciar de manera genuina, como ya poquísimos en España pronuncian, el fonema lateral palatal representado por la letra elle), no fue el menos importante el de compartir durante largos lustros dependencias domésticas y bibliotecarias con un obcecado justiciero de La Robla (v. infra), lo que, según no pocos, la hacía acreedora de cuantas distinciones se le pudieran otorgar.

Gutiérrez, Chemáncano
Tierno y justiciero
Hay quienes sostienen que para ser un buen bibliotecario debe uno tener la vocación de servicio que tuvo él. Hay quienes afirman que para ser un funcionario ejemplar se precisan la probidad y la profesionalidad de las que siempre hizo gala. Hay quienes aseguran que no se pueden aguantar años de chapuzas y apaños de las autoridades culturales de una administración autonómica sin la rectitud y la firmeza que siempre lo adornaron. Otros insisten en que para todo eso —y para no callarse, y decir siempre la verdad, incluso cuando hasta seres casi igual de corajudos se callarían—, viene muy bien ser, como él, de La Robla. (Lo mismo que para tener el sentido de la amistad y la generosidad que siempre lo caracterizaron). Y no consiguieron que se arrepintiera, o solo a medias.

Moreno Castro, José María (o JMM)
Lírico mixtificador
Por sus sonrisas de fauno bueno y su risa queda e inteligente; por sus límpidos versos de acentos bien medidos y el uso magistral de los encabalgamientos; por su lealtad a Bulbuente, que hubo de soportar los embates de los incrédulos y contumaces licenciados Edoardo dell’Anglada y Félix Muradàs; por sus inocentes mixtificaciones sustentadas en una gran curiosidad intelectual e incontables lecturas; por convertir siempre las parameras bibliotecarias donde estuvo confinado en islas de ingenio, cordialidad y buen humor… Por todo ello, el autor de este suplemento a su Galería de bibliotecarios arrepentidos le perdona al fin no haberle incluido en ella.

Rodulfo, María José
Entusiasta y reidora
Amaba el arte, la música, la literatura. La belleza. (Estaba en su mirada). En una mítica excursión a Burgos con Vélez (v. infra) y Colden (v. supra), para visitar la exposición bibliográfica de Las Edades del Hombre —era la primavera del 90—, iba en el coche recitando romancillos. Le ordenó la biblioteca al poeta Gastón Baquero en su piso de Madrid. El dolor, por dentro; para los demás, siempre las risas, siempre el entusiasmo.

UCIMLM, María Luisa
Inteligente, pertinaz burócrata
Sesudos académicos debaten todavía acerca de cómo es posible aunar tal descreimiento de todo con una capacidad de trabajo tan descomunal. La inteligencia, los viajes, las lecturas y una marcada tendencia a las sanas carcajadas, la ayudaron a soportar variados destinos en las más altas magistraturas bibliotecarias del Estado, y a ir demorando, trienio sobre trienio, un arrepentimiento que se intuía ya a principios de los noventa.

Vélez Temprana, Rosa
Libraria animosa
Escandalizó a lo más rancio de la profesión llamando “clientes” a los lectores, y tratándoles con respeto y amabilidad, amén de con presteza y diligencia. No pocas compañeras de la Cuerpa se echaron las manos a la cabeza al oírla reírse de las reglas de catalogación: «El punto y la coma», decía, «la cagada de la paloma». Se cuenta, además, que nadie como ella dirigió a los trabajadores —todos hombres— del mesetón de la nacional biblioteca, quienes la llamaban su “hada” por defenderlos a toda costa y concederles dispensas tales como la de esconder una nevera en la trastienda para sus cuchipandas. Abandonó un buen día los menesteres bibliotecarios, dejando honda huella, para internarse en otras selvas burocráticas. (NB: Emparentada con Colden Miquis —v. supra—, según fuentes normalmente bien informadas que dan por buena la variante “Emiliano Torozón Vélez” como nombre de este último).

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